La técnica del ADN forense: más allá de la justicia, un impacto social
El reconocido genetista forense Antonio Alonso, exdirector del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, ha publicado recientemente La huella invisible. Cómo el ADN cambió la historia de la justicia en España (Crítica), una obra que recopila cuatro décadas de experiencia a través de ocho casos emblemáticos. Dirigido tanto al público general como a profesionales del Derecho, el libro enfatiza el papel humanitario de las ciencias forenses y sitúa a las víctimas en el centro de la atención.
- La técnica del ADN forense: más allá de la justicia, un impacto social
- El ADN en la investigación judicial: un antes y un después
- Innovación forense: el primer cribado poblacional
- El impacto emocional del trabajo forense
- Lecciones del 11M y protocolos para grandes catástrofes
- Bebés robados: la ciencia ante la duda social
- Identificación y memoria histórica: el caso Lasa y Zabala
- El Yak 42: negligencia y dignidad
- El ADN como instrumento de memoria y dignidad
- Conclusión
El ADN en la investigación judicial: un antes y un después
Antonio Alonso inició su carrera forense en 1984, en una época en que el ADN aún no formaba parte de las investigaciones criminales en España. La primera aplicación judicial de esta técnica tuvo lugar en 1991, cuando se empleó el análisis de ADN en un caso de agresión sexual. Aunque la víctima identificó a un sospechoso, el análisis genético concluyó su exclusión, demostrando el doble valor de la prueba: no solo identifica culpables, sino que también protege a inocentes. “Nos sorprendió tanto el resultado, que repetimos todo el protocolo para asegurarnos”, recuerda Alonso.
Innovación forense: el primer cribado poblacional
En 2001 se realizó en Campo de Criptana (Ciudad Real) el primer cribado poblacional en España, vinculado al asesinato de Inmaculada Arteaga. Utilizando el cromosoma Y, que se transmite de padres a hijos varones, los forenses lograron acotar la búsqueda hasta identificar al autor del crimen tras analizar a 55 individuos del mismo apellido. Este procedimiento se realizó bajo estricto control judicial, abriendo la puerta a nuevas formas de investigación genética.
El impacto emocional del trabajo forense
Aunque Alonso no realiza autopsias, su labor le ha expuesto a situaciones de gran dureza, especialmente en catástrofes colectivas. Destaca el atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid (11M), donde participó en la identificación de víctimas en la morgue improvisada de IFEMA. “Fue un impacto importante”, afirma, al recordar el contacto directo con los restos humanos y la intensidad emocional del trabajo en estos contextos.
Lecciones del 11M y protocolos para grandes catástrofes
En el caso del 11M, los equipos forenses lograron identificar a la mayoría de las víctimas en tiempo récord, gracias a la colaboración entre médicos, policía científica y toxicólogos. Sin embargo, Alonso reconoce que algunas decisiones, como limitar el análisis de ADN solo a los cuerpos no identificados por huellas dactilares, impidieron reasociar restos fragmentados a todas las víctimas. La experiencia sirvió para desarrollar, años después, un protocolo nacional de actuación en grandes catástrofes, aplicado por primera vez en el accidente aéreo de Spanair en 2008.
Bebés robados: la ciencia ante la duda social
Uno de los capítulos del libro aborda el tema de los bebés robados. Según Alonso, en el 90% de los casos estudiados científicamente, los niños estaban fallecidos, aunque no se puede descartar que existieran casos de sustracción. El único caso probado judicialmente, el de Inés Madrigal, implicó delitos de falsificación y suposición de parto, pero no de detención ilegal.
Alonso subraya que muchas madres vivieron situaciones de presión institucional y falta de consentimiento, especialmente en el contexto de la dictadura y bajo el Patronato de Protección a la Mujer. Además, critica la ausencia, tras 15 años, de un censo completo estatal sobre estos casos y reivindica la gratuidad de las pruebas de ADN para las familias afectadas.
Identificación y memoria histórica: el caso Lasa y Zabala
La identificación de los restos de José Antonio Lasa y José Ignacio Zabala en 1995 marcó un hito en la investigación forense española. Los restos, hallados una década antes, permanecieron sin identificar hasta que el análisis de ADN permitió confirmar su identidad con certeza, constatando así un caso paradigmático de terrorismo de Estado.
El Yak 42: negligencia y dignidad
El accidente del Yak 42 es, según Alonso, “la historia de una indignidad”. A la tragedia del accidente se sumó el sufrimiento de las familias, que recibieron cuerpos equivocados debido a la falta de identificación adecuada. La exhumación posterior reveló la presencia de restos de varias personas en un mismo ataúd, evidencia de negligencia consciente. La información, a menudo facilitada por el periodismo de investigación, fue clave para que las familias pudieran conocer la verdad.
El ADN como instrumento de memoria y dignidad
Alonso también ha participado en trabajos de identificación en la exhumación de restos en Cuelgamuros (antiguo Valle de los Caídos). Destaca el valor del ADN en la recuperación de la memoria histórica, permitiendo la identificación de restos procedentes de fosas comunes mediante documentación y análisis genético, incluso décadas después de los hechos.
Conclusión
La trayectoria de Antonio Alonso refleja cómo la ciencia forense, y en particular la genética, ha transformado la justicia y la sociedad española. Desde la protección de inocentes hasta la reparación de la memoria histórica, el ADN se ha consolidado como una herramienta fundamental no solo para resolver crímenes, sino también para restituir la dignidad de las víctimas y sus familias.
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