El sandinismo se repliega ante la amenaza de nuevas acciones de EE UU

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El sandinismo apuesta por la discreción ante el renovado escrutinio de Estados Unidos

Tras la exitosa operación estadounidense en Venezuela y el posterior secuestro de Nicolás Maduro, el eje formado por Cuba, Nicaragua y Venezuela atraviesa uno de sus momentos más delicados en la última década. La reacción cautelosa de Managua evidencia la preocupación del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo ante la posibilidad de convertirse en el próximo objetivo de la administración Trump, que ha endurecido su retórica y presión sobre estos regímenes tras el retorno del expresidente republicano al poder.

Reacciones mesuradas y perfil bajo

El gobierno nicaragüense tardó más de 14 horas en emitir un primer comunicado condenando el ataque estadounidense contra Caracas, su principal aliado regional. La reacción pública del presidente Ortega y la vicepresidenta Murillo se hizo esperar casi dos semanas. En un discurso televisado, Ortega expresó su solidaridad con Maduro y Cuba, instando a Estados Unidos a devolver al presidente venezolano y a cesar las amenazas contra la isla caribeña.

Este tono moderado y la demora en los pronunciamientos reflejan una estrategia deliberada de bajo perfil. El sandinismo apuesta por evitar provocar a Washington, confiando en pasar desapercibido ante el llamado «radar trumpista», en un contexto de máxima tensión regional.

Gestos de distensión y presión internacional

Como parte de esta estrategia, Ortega ordenó la liberación de 30 presos políticos el 10 de enero, coincidiendo con el aniversario de su regreso al poder hace 19 años. Aunque el gobierno calificó esta medida de «unilateral», el gesto parece estar vinculado a la presión internacional tras la operación militar en Venezuela. La embajada estadounidense en Managua celebró públicamente la liberación, aunque recordó que más de 60 personas siguen detenidas o desaparecidas en el país, entre ellas líderes religiosos y personas mayores.

Alerta máxima en el entorno sandinista

Tras el ataque a Caracas, la copresidenta Rosario Murillo convocó una reunión de emergencia con la cúpula del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), altos mandos policiales y otros funcionarios. Daniel Ortega, de 80 años y con escasa presencia pública en los últimos meses, no asistió al encuentro. El resultado fue la declaración de un «estado de alerta» y el reforzamiento de la vigilancia en barrios y redes sociales.

Gustavo Porras, presidente de la Asamblea Nacional y figura clave del oficialismo, verbalizó la preocupación del gobierno: “La paz se garantiza estando alerta, ya nos dimos cuenta de que si no estábamos ojo al Cristo, nos lo van a querer desbaratar de un solo plumazo”, afirmó, justificando la necesidad de mantenerse vigilantes para “preservar la paz de nuestros hijos y nietos”.

El triángulo Managua-Caracas-La Habana bajo la lupa

La administración Trump ha señalado reiteradamente a Nicaragua, Venezuela y Cuba como “enemigos de la humanidad”, en palabras del secretario de Estado Marco Rubio. Tras la operación en Venezuela, varios legisladores republicanos, como Rick Scott y María Elvira Salazar, han solicitado abiertamente extender la presión y las sanciones a Nicaragua y Cuba, con el objetivo de “restaurar la democracia en el hemisferio occidental”.

  • Propuesta de ampliar sanciones contra Nicaragua en el Congreso de EE. UU.
  • Llamados explícitos desde el ala dura republicana a intervenir en la región.
  • Celebración pública de las liberaciones de presos políticos como gestos positivos, pero insuficientes.

Factores que frenan una intervención directa

A pesar de la retórica beligerante, la posibilidad de una intervención militar estadounidense en Nicaragua similar a la de Venezuela se considera poco probable a corto plazo. Existen varios factores que desincentivan una acción directa:

  • Interés estratégico limitado: Nicaragua carece de recursos naturales de alto valor geopolítico, como el petróleo venezolano, lo que reduce el atractivo económico de una intervención.
  • Estabilidad interna relativa: El país mantiene tasas de crecimiento económico estables y niveles de criminalidad bajos en comparación con sus vecinos, en contraste con la crisis venezolana.
  • Red migratoria menos relevante: La migración nicaragüense, aunque significativa, no ha generado una diáspora con capacidad de presión política en Estados Unidos, y la mayoría de los migrantes se dirigen a Costa Rica o México.
  • Cohesión del aparato de seguridad: El ejército y las fuerzas de seguridad se mantienen leales a Ortega, lo que complicaría cualquier intento de transición forzada.
  • Desarticulación de la oposición: La oposición política nicaragüense se encuentra mayoritariamente en el exilio y carece de estructura interna sólida.

Un escenario incierto

Pese a estos factores disuasorios, la imprevisibilidad de Donald Trump y la influencia de figuras como Marco Rubio, declaradamente hostiles al sandinismo, mantienen un margen de incertidumbre. La avanzada edad y el estado de salud de Daniel Ortega añaden un elemento de inestabilidad política interna, incrementando el riesgo de escenarios inesperados en el corto y mediano plazo.

Por ahora, el sandinismo apuesta por la cautela y procura evitar cualquier provocación que pueda justificar una escalada en la presión internacional, consciente de que el contexto regional y la atención de Washington pueden cambiar de forma repentina.

Nota:

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