René Otayek: «El sistema político libanés está completamente corrupto»
El Líbano, país marcado por una compleja diversidad religiosa y una historia política turbulenta, continúa enfrentando graves desafíos derivados de su modelo de reparto de poder confesional. Así lo afirma René Otayek, director de investigación emérito en Ciencias Políticas del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS) de Francia, quien ha dedicado años al análisis del sistema parlamentario libanés.
- René Otayek: «El sistema político libanés está completamente corrupto»
- La explosión de Beirut y el reflejo de una corrupción sistémica
- Confesionalismo político: un sistema heredado y agotado
- Un sistema resistente al cambio
- El dilema del censo y la representación política
- Ventajas y desventajas del modelo confesional
- ¿Puede funcionar un estado-nación en una sociedad tan diversa?
- El peso de la identidad comunitaria frente a la alianza de clases
- El complejo equilibrio de poder libanés
La explosión de Beirut y el reflejo de una corrupción sistémica
La explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio en el puerto de Beirut en 2020 puso en evidencia, una vez más, las profundas fallas del sistema político libanés. Las investigaciones periodísticas posteriores señalaron la desidia de las autoridades locales, que durante una década ignoraron la presencia del material peligroso. Este episodio no fue percibido como un caso aislado, sino como síntoma de una corrupción estructural que afecta al país desde hace décadas.
Confesionalismo político: un sistema heredado y agotado
Según Otayek, la raíz del problema reside en el agotamiento del sistema político libanés, cimentado en el reparto confesional de poderes instaurado durante la época colonial. Este modelo, formalizado en el Pacto Nacional de 1943, estableció un delicado equilibrio entre las principales comunidades religiosas: cristianos maronitas y musulmanes suníes. Con el tiempo, este reparto se extendió a todos los niveles de la administración pública, fundamentándose en un censo realizado bajo el mandato francés que daba una ligera mayoría a los cristianos.
Sin embargo, la realidad demográfica ha cambiado sustancialmente. Aunque no existen datos actualizados, se estima que actualmente los musulmanes representan entre el 60% y el 65% de la población, lo que ha generado tensiones sobre la legitimidad de la distribución actual del poder.
Un sistema resistente al cambio
El sistema confesional garantizó, durante décadas, la inclusión de todas las comunidades en el marco político. No obstante, ha mostrado claras señales de desgaste, especialmente durante la guerra civil (1975-1989), que evidenció la incapacidad de las élites para adaptar el sistema a la evolución de la sociedad.
Tras el conflicto, la clase política libanesa ha mantenido su poder mediante la autoperpetuación y el autoindulto, profundizando las prácticas corruptas. Según Otayek, los líderes de cada comunidad actúan como patrones en una red clientelar, intercambiando favores y empleos por votos, lo que dificulta cualquier intento de reforma real.
El dilema del censo y la representación política
La posibilidad de realizar un nuevo censo es un tema central en el debate libanés. El último censo etnoreligioso se efectuó en 1932, y desde entonces la composición demográfica ha cambiado considerablemente. Cualquier nuevo recuento que ignore la pertenencia religiosa podría derivar en una democracia de mayorías, donde los musulmanes —actualmente mayoría— tendrían el control, un escenario difícil de aceptar por las minorías cristianas y dentro de los propios grupos musulmanes, especialmente por la prevalencia de los chiíes.
Otayek advierte que la única solución sostenible sería abandonar el confesionalismo político, tal como se prevé en los Acuerdos de Taëf que pusieron fin a la guerra civil en 1989. Sin embargo, hasta la fecha, no se han concretado avances significativos en esa dirección.
Ventajas y desventajas del modelo confesional
Pese a sus defectos, el sistema confesional permitió la integración de todas las comunidades del país, incluyendo minorías como los armenios, que fueron incorporados tras el genocidio de 1915 y cuentan con representación política. Esta inclusión ha evitado la marginación de grupos religiosos y ha sostenido la convivencia durante décadas.
No obstante, el precio ha sido un clientelismo generalizado. El eslogan popularizado durante la revolución del Cedro en 2019, “Kellon yaane kellon” (“Todos significan todo”), refleja el sentimiento de que todos los dirigentes son corruptos, aunque en la práctica muchos ciudadanos siguen apoyando a sus propios líderes.
¿Puede funcionar un estado-nación en una sociedad tan diversa?
El modelo del estado-nación se basa tradicionalmente en la homogeneidad étnica y religiosa, algo difícil de alcanzar en un país tan plural como el Líbano, que oficialmente reconoce 18 comunidades etnoreligiosas. Para Otayek, la diversidad no es en sí misma un obstáculo insalvable, como demuestra el caso de India. El verdadero reto radica en la capacidad de las élites para alcanzar consensos y construir un proyecto común de país, una habilidad que las élites libanesas aún no han desarrollado.
El peso de la identidad comunitaria frente a la alianza de clases
La posibilidad de que surjan alianzas sociales que trasciendan las divisiones religiosas es, por ahora, remota. La identidad etnoreligiosa sigue siendo el principal factor de pertenencia y movilización, lo que impide la formación de movimientos transversales basados en intereses de clase.
El complejo equilibrio de poder libanés
Desde su independencia en 1947, el Líbano ha repartido los principales cargos institucionales según la pertenencia religiosa: la presidencia de la República corresponde a un cristiano maronita, la del Parlamento a un musulmán chií y la jefatura de gobierno a un musulmán suní. Este sistema, ajustado en 1989 para equilibrar la representación entre cristianos y musulmanes, ha mantenido cierta estabilidad, aunque a costa de perpetuar redes clientelares y prácticas corruptas.
- El último censo etnoreligioso data de 1932, bajo mandato francés.
- El Pacto Nacional de 1943 institucionalizó el reparto de poder entre cristianos y musulmanes.
- Los Acuerdos de Taëf de 1989 ajustaron el sistema para equiparar la representación entre ambas comunidades religiosas.
El sistema político libanés, aunque clave para la integración de sus comunidades, se enfrenta hoy a una crisis profunda marcada por la corrupción, el clientelismo y la incapacidad de evolucionar hacia un modelo más democrático y transparente. El futuro del Líbano dependerá de la voluntad de sus élites y sociedad para romper con la lógica confesional y construir un nuevo pacto social.
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