Trump redefine el “eje del mal” y amplía la etiqueta de terrorismo en la política global

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El poder de nombrar al enemigo: Trump redefine el eje del mal y la etiqueta de “terrorismo”

La designación de organizaciones y actores como “terroristas” ha sido históricamente una herramienta poderosa en la política internacional. Bajo la administración de Donald Trump, Estados Unidos ha ampliado y adaptado esta etiqueta, incluyendo en el nuevo eje del mal a yihadistas, cárteles del narcotráfico e incluso movimientos antifascistas. Esta estrategia revela la carga subjetiva y política que acompaña al término “terrorismo” y cómo su uso responde a intereses nacionales y geopolíticos.

El caso del Cártel de los Soles: política exterior y redefinición de amenazas

El pasado 24 de noviembre, el Departamento de Estado de EE.UU. incluyó al Cártel de los Soles, presuntamente liderado por el presidente venezolano Nicolás Maduro, en su lista de organizaciones terroristas extranjeras (FTO). Esta decisión evidencia dos prioridades de la Casa Blanca: intensificar la presión sobre el régimen venezolano y utilizar la etiqueta “terrorista” como una herramienta diplomática más para justificar acciones de política exterior.

De acuerdo con la legislación estadounidense, para que un grupo sea calificado como organización terrorista extranjera debe estar involucrado en actividades que amenacen la seguridad nacional o a los ciudadanos estadounidenses mediante actos violentos, intimidación o coacción para influir en políticas gubernamentales. Esta definición, replicada en líneas generales por organismos internacionales como la ONU y la Unión Europea, refuerza la idea de que el terrorismo no sólo implica violencia indiscriminada, sino también una intencionalidad política o social de desestabilización.

La guerra contra el terrorismo: de Al Qaeda a nuevos enemigos

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, EE.UU. ha utilizado la lucha contra el terrorismo como argumento para legitimar intervenciones militares y políticas de seguridad nacional. Inicialmente dirigida contra grupos yihadistas como Al Qaeda, esta narrativa ha evolucionado para incluir a una gama más amplia de actores, adaptándose a los intereses estratégicos de cada administración.

En el caso de Venezuela, el cambio de narrativa responde, según analistas, tanto a la dificultad de derrocar al chavismo como al incremento de la influencia china en América Latina. Etiquetar a Maduro y al Cártel de los Soles como terroristas facilita la obtención de apoyo social y político interno, aunque no necesariamente otorga ventajas jurídicas internacionales.

Antifascistas y grupos anarquistas bajo la lupa

La administración Trump también ha extendido la etiqueta de terrorismo a ciertos movimientos antifascistas y grupos anarquistas, especialmente tras episodios de violencia política dentro de Estados Unidos y Europa. Organizaciones como Antifa Ost, la Federación Anarquista Internacional o el Frente Anarquista Revolucionario han sido señalados como terroristas a raíz de acciones en países como Alemania, Italia y Grecia.

El caso del asesinato del activista de extrema derecha Charlie Kirk y la posterior vinculación, aún sin pruebas, de su presunto asesino al movimiento antifascista, ejemplifica cómo la narrativa oficial puede contribuir a criminalizar ideologías enteras, a pesar de que no se trate de partidos ni organizaciones estructuradas.

La subjetividad del término “terrorismo”

La definición de terrorismo no es universal ni estática. Filósofos, sociólogos y expertos en relaciones internacionales han señalado que el concepto suele estar condicionado por intereses políticos y visiones dominantes. “Es un gobierno quien decide qué es terrorismo y qué no, bajo el prisma político de la imagen que tiene del otro”, explican especialistas en estudios de paz.

Esta relatividad se manifiesta en casos como el de los grupos kurdos en Oriente Medio. El Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) y las Unidades de Protección Popular (YPG), considerados terroristas por Turquía, han sido aliados de EE.UU. en la lucha contra el Estado Islámico en Siria. Sin embargo, la relación de Washington con estos grupos ha cambiado según las prioridades geopolíticas del momento, demostrando la flexibilidad del término.

La historia se repite: de la resistencia francesa a Hamás

La percepción de determinados grupos armados ha variado a lo largo de la historia. Durante la ocupación nazi de Francia, los actos de sabotaje de la resistencia fueron calificados como terrorismo por la prensa alemana. Tras la guerra, esos mismos actos fueron revalorizados como resistencia legítima. Un fenómeno similar ocurre hoy con grupos como Hamás, cuya consideración internacional oscila entre la de grupo terrorista y la de fuerza de resistencia, según quién los evalúe.

El giro en Siria: Al Nusra, de enemigo a aliado

El reciente acercamiento entre Donald Trump y Ahmed Al-Sharaa, actual presidente de Siria y antiguo líder del Frente Al Nusra, ilustra de manera paradigmática la instrumentalización política de la etiqueta terrorista. Al Nusra, en sus orígenes vinculado a Al Qaeda, fue incluido en la lista de organizaciones terroristas por EE.UU. durante años. Sin embargo, tras el derrocamiento del régimen de Bashar Al Asad y la moderación del discurso de Al-Sharaa, Washington ha retirado al grupo de su listado y ha comenzado a respaldar al nuevo gobierno sirio.

Este cambio revela cómo la designación de “terrorista” depende, en última instancia, de los intereses del momento y de la conveniencia política, más que de criterios objetivos y permanentes.

Conclusión: El poder de nombrar y sus consecuencias

La etiqueta de “terrorismo” sigue siendo un arma discursiva de enorme alcance, capaz de transformar aliados en enemigos y viceversa en cuestión de meses. Bajo la administración Trump, Estados Unidos ha demostrado hasta qué punto la definición de “enemigo” puede adaptarse a los vaivenes de la política exterior y a la necesidad de legitimar acciones que, de otro modo, serían difíciles de justificar ante la opinión pública y la comunidad internacional.

  • La calificación de organizaciones como terroristas tiene profundas implicaciones diplomáticas, jurídicas y sociales.
  • La definición de terrorismo es cambiante y responde a intereses políticos más que a criterios universales.
  • El uso estratégico de esta etiqueta puede facilitar la intervención y el aislamiento internacional de determinados actores.

En definitiva, el poder de nombrar al enemigo sigue siendo una de las herramientas más efectivas en el tablero global, moldeando percepciones y realidades con un alcance que va mucho más allá del propio término “terrorismo”.

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