Richard Seymour: “La nación necesita externalizar sus contradicciones, antes las volcaba en las colonias y ahora en las fronteras”
El escritor norirlandés Richard Seymour, referente del análisis marxista contemporáneo, ha reflexionado en una reciente entrevista sobre la evolución del nacionalismo en las democracias liberales y su inclinación hacia posturas protofascistas. Su último libro, Nacionalismo del desastre. El colapso de la civilización liberal (Verso, 2026), examina cómo la lógica de la extrema derecha ha permeado el discurso público y analiza el papel de las nuevas tecnologías, los medios y las emociones sociales en este fenómeno.
- Richard Seymour: “La nación necesita externalizar sus contradicciones, antes las volcaba en las colonias y ahora en las fronteras”
- El auge del “nacionalismo del desastre”
- De la pasividad al activismo de derechas
- Redes sociales y la viralización de ideas extremas
- Masculinidad tóxica y cultura digital
- ¿Un fenómeno nuevo o parte del ciclo histórico?
- La frontera como nuevo espacio de exclusión
- Desafíos y oportunidades para la izquierda
- Conclusión
El auge del “nacionalismo del desastre”
Seymour describe la actual oleada nacionalista como un “brote contagioso”, alimentado por el resentimiento social y la precariedad generada tras décadas de políticas neoliberales. Según el autor, la extrema derecha ha sabido canalizar las frustraciones de capas sociales golpeadas por la crisis y la inseguridad laboral, transformando sentimientos de fracaso personal en hostilidad hacia colectivos vulnerables, especialmente migrantes.
Frases como “los migrantes nos quitan el trabajo” o “se aprovechan de las ayudas sociales” han encontrado eco masivo gracias a la difusión viral en redes sociales y medios digitales. Seymour sostiene que el umbral de adopción de estas ideas es sorprendentemente bajo: basta estar de acuerdo con una consigna aislada para integrarse en el discurso, lo que facilita su rápida propagación a través de vínculos sociales débiles y plataformas digitales.
De la pasividad al activismo de derechas
Tradicionalmente, la mayoría de la población tendía a la pasividad política, delegando la acción en los representantes electos. Sin embargo, Seymour observa un cambio: los movimientos de extrema derecha incitan a la acción directa, desde votar opciones radicales hasta participar en protestas y disturbios. Estos líderes no solo buscan chivos expiatorios, sino que prometen venganza y restauración de privilegios, apelando a un compromiso emocional más intenso.
Aun así, el autor reconoce los límites estructurales del sistema. Aunque los discursos antiinmigrantes prometen deportaciones masivas, la realidad económica de las naciones occidentales depende del flujo regular de mano de obra migrante, lo que impide la materialización total de estas amenazas. Sin embargo, la retórica logra movilizar a sectores sociales en torno a una supuesta defensa de la nación.
Redes sociales y la viralización de ideas extremas
Uno de los factores clave señalados por Seymour es la naturaleza de los lazos sociales en la era digital. Ideas simples y empaquetadas, como consignas xenófobas o discursos de odio, se diseminan eficazmente a través de conexiones superficiales, sin requerir un compromiso ideológico profundo. Ejemplos como la influencia global de figuras como Andrew Tate ilustran cómo los adolescentes de todo el mundo adoptan narrativas reaccionarias por su atractivo superficial, sin conocer a fondo su origen o implicaciones.
- La viralidad en redes permite que ideas autoritarias se propaguen internacionalmente en cuestión de horas.
- En contraste, movimientos sociales históricos, como la lucha por los derechos civiles, requerían lazos comunitarios fuertes y discusiones profundas antes de lograr adhesión masiva.
Masculinidad tóxica y cultura digital
Seymour destaca la relación entre la toxicidad de la masculinidad y el auge de estos movimientos. Fenómenos como el Gamergate, donde tecnólogos desplazados por la automatización culparon a mujeres de sus dificultades, muestran cómo la frustración económica y la falta de alternativas colectivas canalizan el resentimiento hacia conflictos identitarios y de género.
Las subculturas digitales, como la alt-right estadounidense, han potenciado la generalización y explosión de estos discursos, generando una espiral de ansiedad, confrontación y pertenencia que refuerza la adhesión a posturas extremas.
¿Un fenómeno nuevo o parte del ciclo histórico?
El análisis de Seymour conecta la deriva autoritaria actual con la historia profunda del Estado-nación. Históricamente, la construcción nacional implicó la homogeneización forzada y el desplazamiento de conflictos internos hacia el exterior, a menudo mediante la colonización y la segregación. Hoy, tras la integración formal de grupos antes marginados, las contradicciones internas se trasladan a las fronteras, que adquieren un papel central como línea de defensa simbólica y real.
Citando a teóricos como David Rodger y Du Bois, Seymour argumenta que los privilegios relativos —como la “blancura” en Estados Unidos— han perdido su justificación natural y se politizan ante las crisis. La percepción de pérdida de estatus impulsa respuestas políticas polarizadas: unas buscan soluciones inclusivas y de futuro, mientras que otras apuestan por un retorno al pasado idealizado y, frecuentemente, racializado.
La frontera como nuevo espacio de exclusión
Seymour sostiene que la función del Estado-nación siempre ha sido desplazar sus contradicciones internas, antes a las colonias y ahora a las fronteras. La obsesión contemporánea con el control de la movilidad, la construcción de muros y la exclusión de “elementos extraños” responde a la necesidad de externalizar los conflictos sociales que ya no pueden canalizarse hacia el exterior.
En este contexto, el nacionalismo, según Seymour, resulta difícilmente recuperable como proyecto progresista. Aunque existen variantes diversas, en el caso estadounidense —y en buena parte de Occidente— el nacionalismo actual tiende a reforzar dinámicas excluyentes e identitarias.
Desafíos y oportunidades para la izquierda
Frente al colapso del modelo estatal-nacional, Seymour identifica un reto para los movimientos progresistas: superar la tentación de acomodarse a un sentido común conservador y atomizado. La clave, afirma, está en reconstruir la organización colectiva sobre la base de necesidades y solidaridades compartidas.
La solidaridad demostrada en movilizaciones recientes, como las marchas por Gaza en Europa, evidencia que los intereses humanos pueden ir más allá de la lógica del beneficio personal o nacional. Según Seymour, el deseo de justicia y dignidad universal sigue siendo un motor potente para la acción colectiva, aunque requiere un trabajo sostenido para contrarrestar la fragmentación y el individualismo promovidos por el sistema.
- Evitar la “política melancólica” que asume la derrota como inevitable.
- Fomentar la organización y la acción común desde necesidades concretas y universales.
- No ceder ante argumentos que reclaman un patriotismo progresista como única vía de avance.
Conclusión
La reflexión de Richard Seymour invita a repensar el papel del nacionalismo, el auge de la extrema derecha y la función de las nuevas tecnologías en la configuración del debate público. En un contexto de crisis y polarización, el desafío central para las fuerzas democráticas y de izquierda es reconstruir la solidaridad y la organización, superando los discursos excluyentes y apostando por una visión universalista de la justicia y la igualdad.
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