La ira que llevó al poder a líderes autoritarios ahora amenaza con derrocarlos

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Cuando la ira se vuelve contra sus líderes: el límite de la política del odio

En los últimos años, el auge de líderes autoritarios y movimientos de extrema derecha ha transformado el panorama político internacional. Sin embargo, los recientes acontecimientos en Estados Unidos, Hungría, Serbia y Paraguay demuestran que el ciclo reaccionario no es invencible: la propia indignación que llevó a estos dirigentes al poder puede volverse en su contra.

El giro en las urnas: señales de cambio

Las recientes derrotas electorales y las protestas ciudadanas han evidenciado que la política basada en el odio y el resentimiento tiene un recorrido limitado. La contundente derrota de Donald Trump en las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, la salida de Viktor Orbán tras 16 años gobernando Hungría, el triunfo estudiantil frente a Aleksandar Vučić en Serbia y la crisis bancaria que sacudió al partido hegemónico en Paraguay son muestras de cómo la molestia social puede revertirse contra quienes la han fomentado y explotado.

El “banco de la ira”: un capital que no siempre rinde

Según el filósofo alemán Peter Sloterdijk, los grandes movimientos políticos actúan como “bancos de la ira”, donde recogen el enfado de la ciudadanía y prometen transformarlo en castigos a los culpables o en recuperación de derechos y bienestar. La nueva derecha supo canalizar ese descontento, prometiendo orden y prosperidad frente a las élites o los migrantes. Sin embargo, cuando esas promesas no se traducen en mejoras tangibles, la decepción crece y la ira cambia de destinatario.

La construcción del adversario y el desgaste del poder

La política del agravio necesita siempre de un enemigo externo, una estrategia fácil de sostener desde la oposición pero mucho más compleja tras años en el gobierno. Viktor Orbán recurrió al globalismo y a la Unión Europea como chivos expiatorios, mientras que Vučić en Serbia acusó a actores internacionales de conspirar en su contra. Donald Trump, después de casi seis años en la Casa Blanca, ya no pudo responsabilizar a adversarios externos de los problemas internos, como la inflación o el costo de la vida. El discurso constante de confrontación acaba perdiendo fuerza cuando la población exige resultados concretos.

Economía y corrupción: el talón de Aquiles del autoritarismo

El éxito de estos líderes, en gran parte, dependía de su capacidad para mejorar la situación económica de sus votantes. Pero cuando la prosperidad no llega, el carisma se desvanece. En las últimas elecciones estadounidenses, la economía fue determinante: casi nueve de cada diez votantes mencionaron el costo de vida como factor clave, y los demócratas supieron redirigir los debates culturales hacia la asequibilidad y el bienestar material.

En Hungría, el nuevo primer ministro Péter Magyar optó por centrar la campaña en la lucha contra la corrupción y la mejora económica, evitando las provocaciones culturales impulsadas por Orbán. Del mismo modo, en Serbia, la indignación popular se canalizó tras el colapso de una infraestructura pública vinculada a la corrupción, provocando una movilización masiva.

  • En Paraguay, el presidente Santiago Peña presentó su renuncia en medio de una crisis bancaria que dejó a casi la mitad de la población sin acceso a sus ahorros, revelando la fragilidad de un sistema dominado durante décadas por el mismo partido.
  • En Estados Unidos, el patrimonio de Trump creció considerablemente durante su mandato, en parte gracias a la desregulación de sectores como el de las criptomonedas, lo que alimentó la percepción de corrupción.

Participación ciudadana: la respuesta democrática

A pesar de la erosión institucional en muchos de estos países, las urnas han demostrado su eficacia como mecanismo de corrección democrática. En Hungría, la participación electoral alcanzó el 79,51%, el nivel más alto desde el final del comunismo. En Serbia, la movilización ciudadana fue igualmente notable, con una participación cercana al récord histórico y una victoria significativa para el movimiento estudiantil. En Estados Unidos, el control del Congreso retornó a los demócratas, reflejando el deseo de mayor equilibrio y supervisión presidencial.

Casos como el de Brasil, donde una alta participación permitió la remontada de Lula frente a la extrema derecha, confirman que la movilización social sigue siendo un freno eficaz contra el avance autoritario.

Un ciclo sin final asegurado

Sin embargo, estos reveses no garantizan el fin del ciclo reaccionario. La extrema derecha mantiene un alto nivel de competitividad en países donde aún no gobierna. Ejemplos recientes incluyen el avance de la AfD en Alemania, el crecimiento de partidos similares en Austria, Francia, España y Bélgica, así como el caso de El Salvador, donde Nayib Bukele busca perpetuarse en el poder gracias a reformas constitucionales y a la popularidad derivada de la reducción de la violencia.

  • En Colombia, el triunfo del ultraconservador Abelardo de la Espriella en junio ilustra la persistencia de estos movimientos.
  • El Salvador representa el caso de un “banco de la ira” que sigue rindiendo, ya que la principal promesa, la seguridad, sí se ha materializado.

Conclusión: la ira, un recurso finito

La política basada en el resentimiento no es una fuente inagotable de poder. Si bien la derecha autoritaria ha demostrado una gran capacidad para capitalizar el malestar ciudadano, los recientes acontecimientos muestran que la indignación se puede volver en su contra cuando las promesas no se cumplen y la corrupción sale a la luz. La democracia, a través de la participación y la movilización, sigue siendo la principal herramienta para limitar el avance de políticas basadas en el odio y el enfrentamiento.

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