Opinión

El día en que conocí el Feminismo.

Crecí al igual que la mayoría en un sistema patriarcal, mi familia tenía arraigado muchos micromachismos, estudié en dos colegios de monjas, usé jumper tres dedos arriba de la rodilla y siempre me enseñaron a caminar con miedo, a no andar sola, a pedir ayuda si alguien me hacía algo, a no exponerme mas de lo necesario.

A los 12 años me cambié por primera vez de colegio, salí de mi escuela rural en Padre Hurtado y me iba a un mundo nuevo al centro de Santiago. Cursaba 7º básico y seguía siendo una niña, pero obviamente mi cuerpo empezó a desarrollarse, pero insisto seguía siendo una niña.

Iba camino a casa, con mi mochila gigante y cara de pava. Estaba de pie, la micro iba llena y siento un roce extraño, me incomodé, pero pensé que era una casualidad, me cambié de lugar y el señor que estaba atrás también lo hizo. Pasaron 5 minutos y esta vez no fue un roce fue un agarrón, me paralicé y recordé lo que mi mamá siempre dijo: “Si te hacen algo grita, alguien te va a ayudar”. Sentía tanto miedo que temblaba entera, pero no me importó lo encaré, ¿Por qué me agarraste el poto? Déjame tranquila viejo asqueroso. No fui capaz de decir nada más y lloré incansablemente.

El viejo me miraba con rabia y no veía reacción de la gente; no sé cuánto tiempo pasó, pero fue eterno, hasta que al fondo de la micro veo un grupo de cabros y una niña avanzando hacia mí entre la gente, eran compañeros de generaciones más grandes de mi antigua escuelita rural que me reconocieron y enfrentaron al tipo, hubo gente que trató de defenderlo diciendo que yo había mentido y todo era una casualidad; el chofer detuvo la micro y preguntó qué pasaba, la niña gritó que un hueón me había tocado, él respondió “Bájate viejo culiao, yo no llevo a hueones cochinos”, lo bajaron a patadas.

Mientras todo eso pasaba, la niña me tomó la mano y se puso delante de mí, me acompañó todo el camino y cuando estábamos entrando a nuestra villa me preguntó donde vivía y si quería que me fuera a dejar, le respondí que sí. Conversamos en la caminata, me contó que estudiaba en la Universidad y participaba en movimientos para el empoderamiento de la mujer. Antes de despedirnos me dijo: “Espero que algún día ni una mujer pase por lo que pasaste tu hoy, para eso nos tenemos que cuidar entre nosotras y luchar contra los que nos atacan” y me dejó en casa.

Así fue como sin darme cuenta conocí a la primera mujer feminista, a la cual recuerdo con pena y admiración, pese a que han pasado 16 años aun me caen lágrimas cuando lo recuerdo. Era una niña y un viejo creyó que podía tocarme sólo porque él lo deseaba.

Sueño un país donde podamos caminar libres, donde no tengamos que preocuparnos si un hombre nos sigue en una calle oscura; sueño con un país donde, para no correr riesgos, en un pub no tenga que llevar mi trago al baño, donde no tenga que compartir mi ubicación mientras voy en el uber, donde no sienta miedo por ser mujer…

La culpa no era mía, ni donde estaba (en una micro), ni como vestía (con buzo del colegio), el abusador eras TÚ.

 

Helga Bandana Verde Pataki

Portada del libro ‘Un feminismo del 99%’.

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